sábado, 7 de febrero de 2015

Monseñor Romero


Esta semana, el Papa Francisco aprobó oficialmente la declaración del martirio de monseñor Óscar Arnulfo Romero, arzobispo de San Salvador, asesinado mientras celebraba misa en San Salvador. A la hora del ofertorio, cuando elevaba el cáliz y la paterna, para presentar las ofrendas a Dios, una bala asesina segó la vida de monseñor Romero. Su última misa, inconclusa, fue el marco final de su martirio.

Tuve la oportunidad de conocerle y de tratarle un poco. Fue un hombre bueno, un sacerdote ejemplar y un hombre al que la historia parecía que trataría como a un personaje menor, un buen hombre más y un buen sacerdote más, como tantos otros que hay y ha habido.

Su nombramiento como arzobispo de San Salvador, en febrero de 1977, ocurrió para suceder a monseñor Chávez, eximio arzobispo durante 38 años de San Salvador. Humanamente no parecía que su talento, sus virtudes y cualidades humanas y cristianas fueran tantas como para llenar el vacío que dejaba el gran arzobispo que fue monseñor Chávez.

Llegaba, además, como arzobispo en un tiempo crucial en que la polarización y conflictividad del país presagiaban una guerra civil. Fue arzobispo por apenas tres años y en ese tiempo su figura se agigantó como un gran hombre de Iglesia, como un gran arzobispo, como un gran patriota y como un hombre que hizo de la búsqueda de la justicia y de la paz el sentido más de fondo de su ministerio episcopal.

Le tocó asistir al entierro de un significativo número de sus sacerdotes y fue un hombre que, con la gracia de Dios, superó su natural tímido para volverse un gigante que dio voz a los que no tenían voz.

Sus homilías dominicales se constituyeron en el programa radial más escuchado en el país. Su diario espiritual, publicado recientemente, nos muestra la vida interior, la cercanía a Dios y el sentido profundo de misión que tuvo en vida y que se agigantó en los tres años de su vida pública.

Siempre me impresionó la foto de Juan Pablo II, hoy santo, orando ante la tumba de monseñor Romero. Han tenido que pasar 35 años para que este momento llegara y hay razones históricas para la demora. Hoy celebramos este paso que conduce a la beatificación de monseñor Romero.

Ello lo coloca en el ámbito de la santidad, junto a tantos otros confesores y mártires de la historia de la Iglesia.

Matar por odio a la fe no es rasgo presente solamente en determinadas ideologías. El mismo día en que se declaró su martirio fue declarado el de tres franciscanos polacos, asesinados por Sendero Luminoso, en Perú.

Hay otra dimensión en la valoración histórica de monseñor Romero en la que, entre los santos del siglo XX, solo Juan Pablo II puede parangonársele. Me refiero a que si Juan Pablo II es sin duda un prócer de la nación polaca, en el caso de monseñor Romero encontramos en él al más grande prócer de la historia de El Salvador. Por ello su figura desborda a la Iglesia y en la historia ocupa un lugar señero, más allá de los almanaques.
 

GONZALO DE VILLA

En Opinión/ Prensa Libre - Guatemala

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